Hace unos días me encontré con un post (no recuerdo en qué red, ni quién lo puso) donde hacían una comparativa de cómo antes la gente parecía ser más feliz yendo a un Blockbuster a rentar una o dos películas para ver el fin de semana que ahora que se tienen más de 5,000 opciones al alcance en una sola plataforma de streaming. El post me dejó pensando (cosa rara, así que hay que aprovechar)…
Al respecto he escuchado mucho, aunque la mayoría de comentarios son lamentos de cómo todo se está yendo al infierno y no hay esperanza, lo cual me parece un poquito exagerado si es que hablamos sobre la manera en la que se consumen hoy los formatos audiovisuales.
La música, por ejemplo, para comprar un disco, y ni siquiera me tengo que ir a la prehistoria, a principios de los 2000 era todo un ritual: ir a la tienda, buscarlo entre los aparadores, ver cuánto costaba , pagar, regresar a casa, buscar el lugar idóneo para ponerlo a sonar sin que tus papás te gritaran que estabas loco y antes de ponerle “play” darle una hojeada al “librito” que venía en el CD y que a veces traía las letras de la canción que podías o no seguirlas mientras escuchabas el álbum y le pedías al señor que por favor trajera más canciones buenas de las dos o tres que conocías antes de adquirirlo.
Comprar un disco en aquellos días era como comprar un huevito kinder: no sabías qué es lo que te iba a salir o si te iba a gustar.
La experiencia de comprar un disco se hacía aún más sustanciosa si, como yo, te gustaban bandas que no eran muy comunes, entonces ibas a la tienda a ver si de pura casualidad tenían el disco o si te lo podían conseguir, cuánto tiempo se tardaba y obviamente cuánto te iba a costar, porque ser under es caro.
Yo recuerdo que iba al Mixup de Galerías en Querétaro y había una sección especial que bien hubiera podido llamarse “música para gente tarada” (como decía mi papá) y ahí encontré algunas de las joyas más preciadas que tengo en mi colección hoy en día. Desde los compilados del Warped Tour, hasta discos atrasados de bandas que me encantaban y no se encontraba en otro lado (al menos no originales).
Para mí, el safari musical se hacía todavía más especial cuando pisaba o pasaba por Estados Unidos, ahí sí eran aventuras que normalmente terminaban conmigo lamentándome porque encontraba todos los discos de mi lista, pero no llevaba suficiente dinero para poder llevarlos todos, así que tenía que escoger y siempre era muy difícil. Hubo discos que JAMÁS volví a ver en ningún otro lado.
La experiencia de ir a una tienda de discos se hacía aún más especial cuando la tienda era más o menos grande y tenía estos booths en donde podías escuchar discos completos, incluso había unas que te permitían escoger cualquier disco que estuviera a la venta y oírlo completo para decidir si querías llevarlo, una maravilla.
Empecé hablando del Blockbuster, pero aquí en México había otro videoclub del que quizá algunos se acordarán: Videocentro.
Era un lugar igualito al Blockbuster, pero que tuvo su auge en este país mucho antes que el del boleto azul. La caída de Videocentro no fue estrepitosa, sino paulatina, en mi pueblo había dos que terminaron cerrando, pero los dueños siguieron con el negocio y abrieron su propio videoclub. Hubo un auge también de lugares para rentar películas tras la caída del gigante, algo así como una guerra de guerrillas para rentar VHS.
La experiencia también era fabulosa. Yo recuerdo que iba con mi mamá y mientras todos escogían películas yo me iba a la sección de terror para ver las contraportadas de las cajas y mirar alguna escena espeluznante que venía retratada ahí (mi favorita era “horror caníbal”), sólo lo hacía por el morbo, porque jamás renté una película del género, siempre fui bien puto para eso (hasta la fecha no veo películas de terror).
Obviamente en estos videoclubs pequeños es donde los adolescentes de aquella época teníamos nuestros primeros encuentros cercanos del tercer tipo con la pornografía, pero esa es otra historia que debe ser contada en otra ocasión.
¿En qué momento se torció todo?
Pues igual que la caída de Videocentro, no fue algo estrepitoso, sino paulatino. Cuando el internet estaba en curva ascendente, ya había indicios de que el negocio de los formatos audiovisuales se vería afectado, ¿qué tanto? yo creo que nadie se lo imaginó. Hubo un momento en el que ambos coexistían, sin embargo todo cambió con la llegada de la tienda digital de iTunes en 2003.
Se cambió la experiencia por la comodidad.
La llegada de iTunes significó el golpe final al mercado de formatos físicos y además resultó en un paradoja: durante los primeros 10 años, la venta de discos cayó casi a la mitad, pero en contraparte la gente estaba comprando más música que nunca en la historia.
La gran innovación de iTunes fue la venta de canciones individuales y desde luego el iPod, un reproductor de música digital distinto a lo que se había visto hasta entonces y que fue incorporando pantalla a color, la capacidad de cargarle fotos y además videos en las últimas generaciones. Todavía con el iPod la experiencia de escuchar música en un dispositivo que no tenía conexión a internet y por ende distracciones, era muy parecida a la de antes, algunos discos incluso venían con el “librito” digital que se descargaba cuando comprabas el álbum completo y además podías también cargarle las letras a las canciones… Pero como todo lo bueno, el iPod también desapareció.
El iPod y iTunes cambiaron la experiencia de compra, pero la aparición del streaming fue la que realmente modificó la experiencia de consumo. La aparición de Spotify en 2008 (aunque su origen data de 2006) para ordenadores y la aplicación móvil un año después fue como tener un booth de esos que conté arriba donde podías escuchar los discos en las tiendas, sólo que aquí tenías todos los discos DEL MUNDO en la palma de tu mano. Lo mismito pasó con los videoclubs y Netflix (en Netflix no hay porno, punto para los videoclubs).
A mí el streaming me parece una maravilla, como también me parecía un maravilla el embarcarme en un safari de compra de discos, sólo que son dos cosas distintas y mutuamente excluyentes en esta coyuntura.
Los formatos físicos siguen existiendo, nunca hay que subestimar el poder de la nostalgia, pero existen para eso: los nostálgicos. No puedes esperar entrar a una tienda de discos hoy en día y pretender encontrar el más reciente lanzamiento de Taylor Swift, esos días pasaron y hay que aceptarlo. En un mundo hiperconectado y que aparentemente nadie tiene tiempo de sentarse a leer las letras de un disco entero, la adaptación es lo que nos queda.
No podemos volver en el tiempo y visitar un Tower Récords o esperar que alguno de los pocos Mixup que quedan tengan la variedad de discos que solían tener, lo que sí podemos es poner el modo avión en el teléfono, poner tu álbum favorito y disfrutarlo de principio a fin, es un pequeño placer que quizá las generaciones actuales no entenderían, así como a nosotros nos cuesta entender el farmeo de aura y todas esas cosas posmodernas con las que coexistimos… Por lo menos tenemos música para acompañar cualquiera de estos tiempos.









